Viernes de lecturas y encuentros

El viernes 25 de noviembre, a las 21.30, Antonio Rodríguez leerá con palabra vinculada el relato de Raymond Carver “Tres rosas amarillas”, en la librería “Tres rosas amarillas” (C/ San Vicente Ferrer 34). Estáis todos invitados.

Y también el viernes 25, pero un poco antes, a las 19.00, se inaugura Bibliosol (C/ Santa Isabel 23). La Escuela de Lectura se ha declarado Quincemayista, y Antonio Rodríguez participará con alguna lectura. Por supuesto, las personas libro que también quieran participar serán bienvenidas.

Sin bibliotecas no hay paraíso.

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Actividades en Cádiz

El Centro de Profesores de Cádiz ha organizado un curso de formación del profesorado en el CEIP Andalucía de Cádiz, del 21 al 23 de noviembre. Antonio Rodríguez Menéndez trabajará con profesores y alumnos de primaria e infantil, a través del juego de las Jóvenes personas libro y del uso de la palabra vinculada.

Además, Antonio Rodríguez ha seguido con la formación, que de manera continua se realiza, de personas (“nuevas y antiguas”) de la Asociación de Personas Lectoras de Cádiz, que sigue creciendo.

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Jóvenes Personas Libro en Córdoba

El 9º Salón del Libro Infantil y Juvenil de Córdoba se desarrollará del 14 al 18 de noviembre en la Biblioteca Central y en la Biblioteca Poniente Sur. Incluye un conjunto de actividades educativas centradas en la promoción de la lectura y dirigidas a los centros de enseñanza de Córdoba, así como otras dirigidas al público familiar. El lunes, martes, miércoles y jueves se celebrarán los talleres de Jóvenes Personas libro, a cargo de Antonio Rodríguez Menéndez, en la Biblioteca Poniente Sur, de 10 a 13:30.

Este año el Salón está dedicado a la celebración del centenario de la publicación de la novela “Peter Pan y Wendi” de James Matheu Barrie. Para descargar el programa completo, haced click en el cartel.

Sección del programa de mano de l 9º salón del libro infantil y juvenil

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Sigue la transmisión del II Encuentro Internacional de Salas de Lectura

En este enlace: http://player.sitevirtual.net/imagenvirtual/conaculta/salasdelectura/player.php

 

 

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II Encuentro Internacional de Salas de Lectura

La palabra vinculada y el Proyecto Fahrenheit 451 (las personas libro) estarán presentes en el Segundo Encuentro Internacional de Salas de Lectura,  que se celebrará del 27 al 29 de octubre en México DF y que está organizado por el Consejo Nacional para la Cultura y las Artes (Conaculta). El Encuentro busca habilitar una conversación abierta e incluyente en torno a temas relacionados con libros, colecciones, lectura, personas, grupos y comunidades. Busca que esta conversación ocurra entre mediadores, entre especialistas y entre mediadores y especialistas. Son tres foros distintos con un mismo propósito: construir, de manera horizontal, conocimientos compartibles que permitan la profesionalización siempre creciente de los mediadores; enriquezcan el mundo académico de los especialistas; y favorezcan el surgimiento de comunidades lectoras que dialogan con otras comunidades lectoras cercanas y distantes.

A lo largo de los tres días que dura el Encuentro Antonio Rodríguez Menéndez intervendrá como panelista, ”Las lecturas nos habitan y hablan desde nosotros y con nosotros”, e impartirá un taller,  ”Personas libro y el tejido de rizomas“, así como una conferencia magistral, “Los libros hablan a través de las personas“.

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Derechos imprescriptibles del lector

Si aplicamos los derechos del lector que Daniel Pennac plantea en Como una novela a las jóvenes personas libro, es fácil comprender que los harán suyos rápidamente.

Tienen derecho a no leer, dice Pennac. Claro, por supuesto. Casi todo lo que han de leer está en los libros de texto. Un juego: Si le das la vuelta a la frase “los libros de texto” saldría algo parecido a “detesto los libros”. Ellos ríen al conocer este vuelco jocoso. No me extraña, llevar todos los días en tu espalda kilos de libros que tú no has elegido y que tienes que aprender no es la mejor manera de que te entren ganas de leerlos. Por ello, entre otras razones, es comprensible este primer derecho. Es un derecho muy humano.

También está el derecho a saltarse las páginas. Hagámoslo nuestro. Dejemos que los jóvenes se detengan en las páginas que, por la razón o sinrazón que sea, les llamen la atención. No hay un único camino para leer un libro. Cortázar lo planteaba así con Rayuela, pero todo el mundo lo hace. Si así es, reconozcamos como derecho lo que es una práctica. Admitamos que tenemos derecho a ello y no sintamos culpa por hacerlo. Saltarse las páginas no es un delito, sino un derecho. Yo elijo. No hago nada contra el autor y sus derechos. Un libro es mi lectura. Quizá lo enriquezca, pero que me dejen saltarme páginas. Sería terrible que si alguien decide leer un libro tenga que hacerlo como lo presenta el autor. Un libro es un libro y mi lectura de ese libro es mi lectura, algo mío. Decido sobre lo mío. Leo para mí.Le pese a quien le pese.

Y, por supuesto, no hay que terminar un libro. Se puede si es que se quiere, pero no es obligatorio. Lo importante es el camino, lo que estoy leyendo, lo que esa lectura me está diciendo en ese momento. Lo importante no es leer hasta al final, sino leer. Dejemos que esa lectura nos haga (“No haremos el amor. Él nos hará”, que decía Cortázar). Lo importante es el viaje Ítaca. Esa isla es una excusa, es como un McGuffin, igual que terminar un libro. Las personas nos encontramos y no solemos vivir con otros hasta su muerte. Además, siempre muere uno antes. Lo importante es lo que se recorra. Solo eso se recordará, aunque deformado, que es otra cualidad de la lectura, como de la vida. Y exige el derecho a releer, a detenerse en un texto, a recorrerlo de maneras diferentes, a releerlo después de mucho tiempo. Los niños lo saben y quieren que les cuenten una y otra vez el mismo cuento, o la misma parte del cuento. Lo hacemos los adultos, que tratamos de repetir lo que nos gusta. Releer reivindica Juan Goytisolo cuando dice: “Cualquier texto literario rico obliga a volver sobre él. La dificultad (…), la resistencia que puede oponer el texto es la que nos obliga a convertirnos en lectores activos. La dificultad es la cortesía del autor con el lector. Es la prueba de no tratarle de imbécil”.

Leer cualquier cosa es un derecho, porque es imprescindible. Nadie nos tiene que decir lo que hemos de leer. Nadie nos ha de censurar. Nadie ha de pensar en que una lectura rinda beneficios, aunque sean culturales o educativas, o sirvan a la técnica y a la eficacia que necesitemos. Uno puede encontrar belleza, inteligencia y sensibilidad en cualquier lectura, aunque a veces nos cuente creerlo. Es nuestra lectura la que hace al libro. El libro ya es libro porque lo escribió el autor, pero es otra cosa en mí cuando lo leo. No me importa qué dice el escritor, aunque puedo preguntarme, por pura curiosidad a la que tengo derecho, qué quiso decir. Sin embargo, me importa más que potencia ese libro en mí, qué activa que quizá estuviese dormido, qué camino abre, qué manera de caminar me anima, qué vida distinta encuentro en él.

Y Pennac habla del derecho al bovarismo, una “enfermedad de transmisión textual”. Se refiere al “la satisfacción inmediata y exclusiva de nuestras sensaciones: la imaginación brota, los nervios se agitan, el corazón se acelera, la adrenalina sube, se producen identificaciones por doquier, y el cerebro confunde (momentáneamente) lo cotidiano con lo novelesco. Es nuestro primer estado como lector. Delicioso”. La adolescencia es necesaria, no se puede rechazar o negar. Es tener un defecto, que nos falte algo. Es estar en el error, ya que estamos destinados a ser adultos. Es esencial no buscar la productividad o el beneficio, y sí aceptar que algún texto nos inquiete, nos conmueva, nos vuelva frágiles y, tal vez, tiernos. “No hay para la belleza más origen que la herida”, escribió Jean Genet.

Y otro derecho es el de leer en cualquier parte, porque puedo leer en el retrete, en la cama, en el metro, aunque esas condiciones me impidan una lectura productiva. Quizá ese error de leer en cualquier lugar me obligue a detenerme en una parte del texto que me lleve rizomáticamente a un pensamiento o sentimiento liberador. Quién sabe. ¿Hay que saber? Tenemos derecho a no saber lo que quieren que sepamos, a no ser héroes ni tener misiones que cumplir, destinos que asumir.

Y picotear también es un derecho para este autor francés. Igual que nos encanta hacerlo con la comida, así con los libros, o con los textos. Perfectamente podríamos abrir un libro por cualquier página y elegir una frase que nos inquieta o seduce. Evidentemente queda descontextualizada. Pero no es un delito. Esa frase, al ser elegida libremente por mí, pasa a vivir de otra manera. Me acompaña. Y, si no me convence, por la razón o la sinrazón que sea, la olvido y paso a otra o dejo de leer hasta que me entren ganas. Pero puede ocurrir que aparezca un texto que me mueva la vida. Eso está bien. ¿No es lo que todos buscamos?

Hay un derecho extraño: leer en voz alta. Casi es una falta de educación, pero es que yo tengo derecho a saber cómo suenan esas palabras con mi lectura y esas palabras tienen derecho a que yo las saque del silencio y las pronuncie. Y, aunque a mí me gustaría que supiéramos entregar las palabras pronunciadas en voz alta (justo reivindico la palabra vinculada), incluso a nosotros mismos, reconozco el derecho a diseminarlas, a perderlas. También Cortázar habló de “los encuentros a deshora, los únicos verdaderos”. Eso ocurrirá si una de esas palabras o frases pronunciadas en voz alta y diseminadas al aire cae en alguien que pasaba por allí desprevenido.

Y, como se suele hablar de todo, incluso de nuestras lecturas, y hasta existen clubes de lectura para comentar textos que leemos, debe existir el derecho a callarnos, a permanecer en silencio, a no pronunciarnos. Y es que a veces, a menudo, el silencio es bueno, muy bueno. Necesario.

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“Nunca llegamos a otros sino otrándonos”. Pessoa, El libro del desasosiego

Escribimos por distintas razones. Para no olvidar lo que se nos ha ocurrido de pronto. Para dejar constancia de un pensamiento, un sentimiento, una situación. Para que nuestras palabras puedan llegar a otros lugares, para que puedan ser leídas cuando no estemos. Las organizamos en cartas, libros… y en las escuelas se encargan de enseñarnos a leer. Todo está bien organizado, pero hay un error: nos dicen que ya sabemos leer cuando sólo sabemos reconocer letras y palabras, pronunciarlas y soltarlas al aire. Escribimos para llegar a otros, y por ello leer ha de consistir en entregar eficazmente esas palabras a un otro: alguien diferente, desconocido y, por ello, peligroso, pero con el que tal vez podamos potenciar nuestras vidas.

La palabra vinculada es fruto de una investigación de años de la Escuela de Lectura de Madrid. La han comprobado personas de diferentes culturas, con distinta formación académica, con lenguas muy variadas, niños, jóvenes, adultos, personas que viven en cárceles y otras que dan conferencias… Los niños la llaman “palabras de chocolate fundido”, porque se adaptan a quienes van dirigidas, igual que el chocolate al bizcocho. Quienes usan la palabra vinculada lo hacen sin imponerse, sin colonizar las palabras ni con ellas, sin deshacerse de ellas, siguiendo cómo las recibe ese otro, cómo las reciben ellos mismos. Usamos la palabra vinculada cuando tenemos una criatura en nuestros brazos, o un amor, o a alguien que se nos está muriendo. Son palabras más humanas, porque crean cercanía, vínculo, porque no pueden vivir sino con precisión, porque nacen de los silencios, de la mirada que respira. Van unidas a la delicadeza y, sin embargo, no renuncian a la enjundia. Todas las personas saben cuándo estamos usando con ellas la palabra vinculada, y cuándo no, igual que sabemos cuándo nos abrazan de verdad. Las desean, porque están vivas y son vitales, pero las temen porque exigen reconocer errores y comprometerse. Pero no son palabras de otro mundo. Aprender a usarlas no requiere una técnica especial, sino un cambio de actitud. Y nos plantean un dilema: elegir entre convertir nuestras palabras en vinculadas o limitarnos a soltarlas, diseminarlas, irresponsablemente.

La palabra vinculada sirve para el encuentro de los seres humanos, y no es otro el reto de todas las culturas a lo largo de todas las épocas. Es serena, sosegada, y no gusta de las catarsis, sino de la relación libre e intensa, crítica, esa que dura mientras haya sensibilidad y no aparezca la intención de colonizar (por algo la rechaza el poder). Esto implica no ir con ideas preconcebidas, sino asumir la duda y que nuestro caminar sea rizomático, que en cualquier momento pueda cambiar de sentido. Porque el texto vinculado se puede alterar y nosotras, las personas que lo usamos, alterarnos con él.

Todas las palabras son vinculadas. Es la forma de entregarlas lo que crea el vínculo. Para conseguirlo, hay que mirar y respirar a la persona o personas a quien las dirigimos, a las palabras que vamos a decir o leer algo, y al hecho mismo de salir del silencio y emprender la entrega de una palabra en un momento y lugar concretos. Aprendamos a usar la palabra vinculada. Vínculo no es atadura. Es encuentro con otras maneras de mirar la vida.

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