Reivindicación de la lectura

Según José Luis Villacañas Berlanga, de la Universidad de Murcia, en un trabajo en el defiende que “Freud puso en valor la capacidad hermenéutica de la literatura, en especial la del clasicismo”, y haciéndolo “a partir de la recuperación de la idea ilustrada de Bildung o formación del sujeto en tanto trabajo de sí mismo”, nos dice que la antropología acostumbra a hablar acerca del ser humano como “aquel que tiene un parto prematuro” y que la mitología nos enseña que “el ser humano sólo puede asegurar su futuro si tiene algo así como un segundo nacimiento, una segunda creación”. Por otro lado, también señala que “la historia de la literatura nos muestra que los seres humanos se empeñan en alcanzar un fruto complicado, difícil, sin garantías: la propia humanización”. De hecho, sigue diciendo, la literatura es “la huella de un proceso de humanización y de autoconciencia que, aunque había empezado mucho tiempo atrás, con los grandes clásicos alcanzaba su plenitud formal. Freud daba un paso más allá y elevaba todas aquellas obras a síntoma de domesticación de las fuerzas humanas y de nuestra capacidad para reconocerlas y vivir con ellas, sin necesidad de estar condenados a las tragedias”.

Es una realidad que todos los seres humanos sufren y, además, todos sufren más o menos lo mismo y por lo mismo. Quizá no haya posibilidad de dominar el dolor de los seres humanos “sin aproximarse a los personajes sufrientes de la literatura”. Por ello hay que creer que un nuevo ser humano, con una nueva percepción acerca de sí mismo, podría conseguir una nueva capacidad de integrar en su vida a los héroes trágicos: Edipo, Hamlet, el rey Lear, Yerma, Prometeo o don Quijote. Señala Villacañas  que, “tras la pulsión formadora de mitos que había comenzado con los griegos, la obra del psicoanálisis recobraba para el ser humano aquellas lejanas creaciones literarias. Lejos de ser expresión accidental de un genio, Freud pensaba que las grandes figuras míticas eran formaciones esenciales de la psique. Los genios literarios, sus autores, lo eran sólo porque percibían con fuerza e intensidad esas pulsiones, le daban forman, las dominaban y las introducían en las biografías de manera oportuna. Su dimensión pedagógica consistía en que tornaban familiares esas pulsiones de la humanidad y, tras esa domesticación, enseñaban a sobrellevarlas mejor”. Y también llamaba la atención sobre el hecho de que “la Ilustración, con todo su componente democrático, ofrecía al ser humano la posibilidad de interpretar sus propias existencias a partir de esas figuras literarias en las que el drama de las pulsiones psíquicas se hacía consciente, inocultable”.

Sin embargo, ahora, en el siglo XXI, salvo excepciones, tenemos fácil acceso a los libros. A todos los libros. Incluso jugamos a la ficción de que los prohíben y los queman (es tristemente verdad en algunos casos), pero lo cierto es que en los libros está la oportunidad de asegurar nuestro futuro, de tener un segundo nacimiento, una segunda creación. Sin embargo, tenemos un problema técnico (quizá de actitud), algo que se puede solucionar, aunque no lo hacemos porque no sabemos que tenemos un problema: no sabemos leer bien y, por ello, no lo hacemos y dejamos de interesarnos por los libros. Por esta razón, sin saberlo estamos renunciando a algo que los seres humanos hemos buscado toda la vida: superar nuestro “parto prematuro” asegurando nuestro futuro con el segundo nacimiento, la segunda creación, algo que se puede conseguir con el proceso de humanización y autoconciencia que nos proporciona la literatura. Quizá de esta manera, aproximándose a los personajes sufrientes de la literatura, pudiésemos dominar el dolor humano.

Se trata de una cuestión muy seria, que debe resolverse. Tendríamos que seguir el esfuerzo democrático de la Ilustración y hacer algo en este sentido: reivindicar la lectura en sí misma para llegar bien a esos personajes trágicos y sus situaciones.

Reivindicar es la palabra, pero no es un gesto, sino una acción bien organizada basada en una investigación.

Decía Rushdie que las obras importantes “se reconocen por la turbación que suscitan en las mentes y ello porque lo que exponen no es la transgresión explícita, obscena, de las prohibiciones y de los tabúes, sino un cambio de percepción, un vuelco de la sensibilidad; porque se empeñan oscuramente en buscar `ángulos nuevos para penetrar la realidad´, y luchan por una nueva jerarquía de los sentidos, por unos nuevos modos de percepción, por una nueva subjetividad. La ficción representa una amenaza para el mundo. Y el mundo trata de conjurarla”. Por esta razón, para que la lectura haga eficaz la acción de la ficción, debemos conseguir que un lector lea siempre teniendo en cuenta los criterios de C.S. Lewis: “las palabras poseen un color, un sabor, una textura, una fragancia o un aroma”.

Años de investigación en la Escuela de Lectura de Madrid demuestran que sólo una lectura vinculada puede respetar “la acción de la ficción”. Aprendamos a utilizarla, a servirnos de ella. No es una doctrina, sino un cambio de actitud que pueden adoptar todas las personas, independientemente de su raza, creencias, posición social… Sirve para liberar los encuentros.

Nos debemos esta lectura. La he descubierto observando a personas muy diferentes, y la comparto. Hacedla vuestra.

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Acerca de Antonio Rodríguez Menéndez

Estudié Sociología y Magisterio. Soy actor, director de teatro, dramaturgo y profesor de escritura creativa, entre otras cosas. En 2003 fundé el Proyecto Fahrenheit 451 (las personas libro) y la Escuela de Lectura de Madrid, de la que deriva La voz a ti debida, todos ellos proyectos para el fomento de la lectura y la defensa de los libros.
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