Derechos imprescriptibles del lector

Si aplicamos los derechos del lector que Daniel Pennac plantea en Como una novela a las jóvenes personas libro, es fácil comprender que los harán suyos rápidamente.

Tienen derecho a no leer, dice Pennac. Claro, por supuesto. Casi todo lo que han de leer está en los libros de texto. Un juego: Si le das la vuelta a la frase “los libros de texto” saldría algo parecido a “detesto los libros”. Ellos ríen al conocer este vuelco jocoso. No me extraña, llevar todos los días en tu espalda kilos de libros que tú no has elegido y que tienes que aprender no es la mejor manera de que te entren ganas de leerlos. Por ello, entre otras razones, es comprensible este primer derecho. Es un derecho muy humano.

También está el derecho a saltarse las páginas. Hagámoslo nuestro. Dejemos que los jóvenes se detengan en las páginas que, por la razón o sinrazón que sea, les llamen la atención. No hay un único camino para leer un libro. Cortázar lo planteaba así con Rayuela, pero todo el mundo lo hace. Si así es, reconozcamos como derecho lo que es una práctica. Admitamos que tenemos derecho a ello y no sintamos culpa por hacerlo. Saltarse las páginas no es un delito, sino un derecho. Yo elijo. No hago nada contra el autor y sus derechos. Un libro es mi lectura. Quizá lo enriquezca, pero que me dejen saltarme páginas. Sería terrible que si alguien decide leer un libro tenga que hacerlo como lo presenta el autor. Un libro es un libro y mi lectura de ese libro es mi lectura, algo mío. Decido sobre lo mío. Leo para mí.Le pese a quien le pese.

Y, por supuesto, no hay que terminar un libro. Se puede si es que se quiere, pero no es obligatorio. Lo importante es el camino, lo que estoy leyendo, lo que esa lectura me está diciendo en ese momento. Lo importante no es leer hasta al final, sino leer. Dejemos que esa lectura nos haga (“No haremos el amor. Él nos hará”, que decía Cortázar). Lo importante es el viaje Ítaca. Esa isla es una excusa, es como un McGuffin, igual que terminar un libro. Las personas nos encontramos y no solemos vivir con otros hasta su muerte. Además, siempre muere uno antes. Lo importante es lo que se recorra. Solo eso se recordará, aunque deformado, que es otra cualidad de la lectura, como de la vida. Y exige el derecho a releer, a detenerse en un texto, a recorrerlo de maneras diferentes, a releerlo después de mucho tiempo. Los niños lo saben y quieren que les cuenten una y otra vez el mismo cuento, o la misma parte del cuento. Lo hacemos los adultos, que tratamos de repetir lo que nos gusta. Releer reivindica Juan Goytisolo cuando dice: “Cualquier texto literario rico obliga a volver sobre él. La dificultad (…), la resistencia que puede oponer el texto es la que nos obliga a convertirnos en lectores activos. La dificultad es la cortesía del autor con el lector. Es la prueba de no tratarle de imbécil”.

Leer cualquier cosa es un derecho, porque es imprescindible. Nadie nos tiene que decir lo que hemos de leer. Nadie nos ha de censurar. Nadie ha de pensar en que una lectura rinda beneficios, aunque sean culturales o educativas, o sirvan a la técnica y a la eficacia que necesitemos. Uno puede encontrar belleza, inteligencia y sensibilidad en cualquier lectura, aunque a veces nos cuente creerlo. Es nuestra lectura la que hace al libro. El libro ya es libro porque lo escribió el autor, pero es otra cosa en mí cuando lo leo. No me importa qué dice el escritor, aunque puedo preguntarme, por pura curiosidad a la que tengo derecho, qué quiso decir. Sin embargo, me importa más que potencia ese libro en mí, qué activa que quizá estuviese dormido, qué camino abre, qué manera de caminar me anima, qué vida distinta encuentro en él.

Y Pennac habla del derecho al bovarismo, una “enfermedad de transmisión textual”. Se refiere al “la satisfacción inmediata y exclusiva de nuestras sensaciones: la imaginación brota, los nervios se agitan, el corazón se acelera, la adrenalina sube, se producen identificaciones por doquier, y el cerebro confunde (momentáneamente) lo cotidiano con lo novelesco. Es nuestro primer estado como lector. Delicioso”. La adolescencia es necesaria, no se puede rechazar o negar. Es tener un defecto, que nos falte algo. Es estar en el error, ya que estamos destinados a ser adultos. Es esencial no buscar la productividad o el beneficio, y sí aceptar que algún texto nos inquiete, nos conmueva, nos vuelva frágiles y, tal vez, tiernos. “No hay para la belleza más origen que la herida”, escribió Jean Genet.

Y otro derecho es el de leer en cualquier parte, porque puedo leer en el retrete, en la cama, en el metro, aunque esas condiciones me impidan una lectura productiva. Quizá ese error de leer en cualquier lugar me obligue a detenerme en una parte del texto que me lleve rizomáticamente a un pensamiento o sentimiento liberador. Quién sabe. ¿Hay que saber? Tenemos derecho a no saber lo que quieren que sepamos, a no ser héroes ni tener misiones que cumplir, destinos que asumir.

Y picotear también es un derecho para este autor francés. Igual que nos encanta hacerlo con la comida, así con los libros, o con los textos. Perfectamente podríamos abrir un libro por cualquier página y elegir una frase que nos inquieta o seduce. Evidentemente queda descontextualizada. Pero no es un delito. Esa frase, al ser elegida libremente por mí, pasa a vivir de otra manera. Me acompaña. Y, si no me convence, por la razón o la sinrazón que sea, la olvido y paso a otra o dejo de leer hasta que me entren ganas. Pero puede ocurrir que aparezca un texto que me mueva la vida. Eso está bien. ¿No es lo que todos buscamos?

Hay un derecho extraño: leer en voz alta. Casi es una falta de educación, pero es que yo tengo derecho a saber cómo suenan esas palabras con mi lectura y esas palabras tienen derecho a que yo las saque del silencio y las pronuncie. Y, aunque a mí me gustaría que supiéramos entregar las palabras pronunciadas en voz alta (justo reivindico la palabra vinculada), incluso a nosotros mismos, reconozco el derecho a diseminarlas, a perderlas. También Cortázar habló de “los encuentros a deshora, los únicos verdaderos”. Eso ocurrirá si una de esas palabras o frases pronunciadas en voz alta y diseminadas al aire cae en alguien que pasaba por allí desprevenido.

Y, como se suele hablar de todo, incluso de nuestras lecturas, y hasta existen clubes de lectura para comentar textos que leemos, debe existir el derecho a callarnos, a permanecer en silencio, a no pronunciarnos. Y es que a veces, a menudo, el silencio es bueno, muy bueno. Necesario.

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Acerca de Antonio Rodríguez Menéndez

Estudié Sociología y Magisterio. Soy actor, director de teatro, dramaturgo y profesor de escritura creativa, entre otras cosas. En 2003 fundé el Proyecto Fahrenheit 451 (las personas libro) y la Escuela de Lectura de Madrid, de la que deriva La voz a ti debida, todos ellos proyectos para el fomento de la lectura y la defensa de los libros.
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